



¿Y esta plaza?
Mario Ríos Santander
Cuando se entregó la actual Plaza de Armas de Los Ángeles, en medio de “bombos y platillos”, me atreví a decir que “tendrá una muy fea vejez”. Inmediatamente, surgieron voces contrarias, señalando que tenía un diseño hermoso y que los árboles, destruidos para dar cabida a grandes explanadas de cemento, algunos de ellos de colores de dudoso gusto, volverían en todo su esplendor. Ha pasado el tiempo y ahora, peor que eso, algunos árboles han comenzado a morir.
Las plazas, en nuestro ordenamiento territorial, provienen de dos raíces muy definidas. La Plaza de Armas de raíz española, cuya característica, “de armas”, se manifiesta en una explanada con una base de piedras bien moldeada, adoquines usualmente, u otro elemento pétreo, cemento en los tiempos modernos, rodeada de una edificación de arquitectura armónica, cuyo fin ceremonial fue cobijar en ella, soldados, caballares y armas diversas. Esta plaza, que tiene ejemplos admirables como la Plaza Mayor de Madrid, la Plaza Central de Bruselas y en nuestro país, la Plaza de la Constitución de Santiago, entre otras, tuvieron, en el siglo XIX un gran auge en Chile. Sin embargo, con el advenimiento de la cultura francesa y en ella su arquitectura, las “plazas de armas” fueron paulatinamente desapareciendo, para dar cabida a este estilo galo, cuya principal expresión, diametralmente opuesta a la anterior, fueron sus arboledas, jardines, senderos, piletas con juegos de agua, emplazadas en tal formas, que se transformaron en el centro social de la comunidad urbana. Su principal característica, en la distribución de sus espacios, fue la de crear en su entorno, bajo la sombra de los árboles, un paseo que la rodeaba íntegramente, ubicando en sus costados escaños de fierro fundido y madera, para el descanso y la recreación de los vecinos.
La Plaza de los Ángeles fue, en su primeros años de vida, una Plaza de Armas. En efecto, en el lugar en que se levantan los edificios públicos, se encontraba el Regimiento y las explanadas del frente, hoy nuestra plaza, era lugar de ceremonias militares. Sin embargo, a fines del siglo XIX, comenzó su transformación, plantándose diversas especies que dieron vida a una plaza sombreada, paseos de baldosas, en el centro el odeón y en sus costados, “las Cuatro Estaciones”, figuras de mármol, traídas desde Lima. En el año 1938, para definir más adecuadamente su nivel, en relación al declive natural del terreno en que se desplaza, se construyeron sus siete peldaños, en el costado norte, culminando de esta forma, una estructura armónica, bien diseñada y con abundancia de sombra para protegerse de los tórridos veranos de la zona. A su alrededor, en su anillo central, escaños para el reposo de los vecinos.
Todo bien, hasta que un Concejo municipal destruyó todo lo existente, para construir en dichos terrenos una plaza, en que sus admiradores surgidos en su inauguración, van paulatinamente desapareciendo. En efecto, la Plaza de Armas alejó la vida social y fue prácticamente absorbida por decenas de “skate”, (varios de ellos se entrenan previamente en los bajos de la gobernación, lugar de sus muros sucios y desperdicios), desapareciendo, la sombra, el juego de niños con sus padres, el caminar de los mayores, en fin, todo lo que constituye la esencia de una plaza urbana. A lo anterior se suman, sus cementos de un rosado desteñidos que comienzan a quebrajarse.
¿Estuvo de acuerdo nuestro Colegio de Arquitectos? ¿Quiénes son los responsables de este desastre? Entiendo que me ganaré enemigos, pero sus nombres están inscritos en una placa de bronce a los pies del monumento a O’Higgins: Daniel Badilla, alcalde, y los concejales Julio Stark, Joel Rosales, Jaime Barrueto, Fernando Vivanco, Hipólito Castillo, Aníbal Rivas, Oscar Burgos, Eduardo Borgoño y Arturo Pérez. En el otro costado, los nombres de quienes la diseñaron, para que el Concejo ya mencionado, lo aprobara. No doy sus nombres porque ellos sólo propusieron. Los Ángeles, que no destaca precisamente por su belleza urbana, adquirió en su Plaza de Armas, un sello de su mal gusto. Por ello, cuando, en días recientes, se anunció la remodelación de la Plaza Pinto, los vecinos nos pusimos nerviosos y solo llegó la calma, cuando se comprobó que era sólo un repavimentación de sus calzadas.
Las plazas, en nuestro ordenamiento territorial, provienen de dos raíces muy definidas. La Plaza de Armas de raíz española, cuya característica, “de armas”, se manifiesta en una explanada con una base de piedras bien moldeada, adoquines usualmente, u otro elemento pétreo, cemento en los tiempos modernos, rodeada de una edificación de arquitectura armónica, cuyo fin ceremonial fue cobijar en ella, soldados, caballares y armas diversas. Esta plaza, que tiene ejemplos admirables como la Plaza Mayor de Madrid, la Plaza Central de Bruselas y en nuestro país, la Plaza de la Constitución de Santiago, entre otras, tuvieron, en el siglo XIX un gran auge en Chile. Sin embargo, con el advenimiento de la cultura francesa y en ella su arquitectura, las “plazas de armas” fueron paulatinamente desapareciendo, para dar cabida a este estilo galo, cuya principal expresión, diametralmente opuesta a la anterior, fueron sus arboledas, jardines, senderos, piletas con juegos de agua, emplazadas en tal formas, que se transformaron en el centro social de la comunidad urbana. Su principal característica, en la distribución de sus espacios, fue la de crear en su entorno, bajo la sombra de los árboles, un paseo que la rodeaba íntegramente, ubicando en sus costados escaños de fierro fundido y madera, para el descanso y la recreación de los vecinos.
La Plaza de los Ángeles fue, en su primeros años de vida, una Plaza de Armas. En efecto, en el lugar en que se levantan los edificios públicos, se encontraba el Regimiento y las explanadas del frente, hoy nuestra plaza, era lugar de ceremonias militares. Sin embargo, a fines del siglo XIX, comenzó su transformación, plantándose diversas especies que dieron vida a una plaza sombreada, paseos de baldosas, en el centro el odeón y en sus costados, “las Cuatro Estaciones”, figuras de mármol, traídas desde Lima. En el año 1938, para definir más adecuadamente su nivel, en relación al declive natural del terreno en que se desplaza, se construyeron sus siete peldaños, en el costado norte, culminando de esta forma, una estructura armónica, bien diseñada y con abundancia de sombra para protegerse de los tórridos veranos de la zona. A su alrededor, en su anillo central, escaños para el reposo de los vecinos.
Todo bien, hasta que un Concejo municipal destruyó todo lo existente, para construir en dichos terrenos una plaza, en que sus admiradores surgidos en su inauguración, van paulatinamente desapareciendo. En efecto, la Plaza de Armas alejó la vida social y fue prácticamente absorbida por decenas de “skate”, (varios de ellos se entrenan previamente en los bajos de la gobernación, lugar de sus muros sucios y desperdicios), desapareciendo, la sombra, el juego de niños con sus padres, el caminar de los mayores, en fin, todo lo que constituye la esencia de una plaza urbana. A lo anterior se suman, sus cementos de un rosado desteñidos que comienzan a quebrajarse.
¿Estuvo de acuerdo nuestro Colegio de Arquitectos? ¿Quiénes son los responsables de este desastre? Entiendo que me ganaré enemigos, pero sus nombres están inscritos en una placa de bronce a los pies del monumento a O’Higgins: Daniel Badilla, alcalde, y los concejales Julio Stark, Joel Rosales, Jaime Barrueto, Fernando Vivanco, Hipólito Castillo, Aníbal Rivas, Oscar Burgos, Eduardo Borgoño y Arturo Pérez. En el otro costado, los nombres de quienes la diseñaron, para que el Concejo ya mencionado, lo aprobara. No doy sus nombres porque ellos sólo propusieron. Los Ángeles, que no destaca precisamente por su belleza urbana, adquirió en su Plaza de Armas, un sello de su mal gusto. Por ello, cuando, en días recientes, se anunció la remodelación de la Plaza Pinto, los vecinos nos pusimos nerviosos y solo llegó la calma, cuando se comprobó que era sólo un repavimentación de sus calzadas.



